jueves, 11 de junio de 2009

LOS DESTAZADOS

Urbanidad, Matanza y Esperanza.

Es tarde en la noche y el centro de Bogotá mantiene la calidez de un día soleado. Un viejo camión aparca al borde del Museo Nacional por donde transita un pequeño grupo de estudiantes jóvenes. La presencia del camión es poco notoria hasta que su dueño, un campesino en dificultades, se apresura sobre el grupo para pedir ayuda. El hombre les ha planteado una colecta para pagar el arreglo de su vehículo.

Dos cuadras más adelante, los estudiantes se acomodan sobre la banca de acero brillante en el paradero de buses. Quizás por el hecho de que el grupo se hubiese detenido, la ciudad ahora se siente mucho más fría. Aparece súbito un hombre de corbata y maleta sport con un documento en sus manos. Les explica a los estudiantes que se trata de un certificado legítimo, con el que se pueden comprobar sus terribles circunstancias. Los muchachos atentos, deploran los hechos y parecen estar interesados en el asunto. No obstante no le ofrecen dinero al mendigo, quien enfurecido se aparta maldiciendo.

El grupo de estudiantes se disuelve gradualmente al coger sus buses respectivos. Y en estos buses que van de sur a norte sin prisa y cuyo interior tiene un color melancólico de modernidad perezosa, la indigencia sigue abordando el final de una jornada bogotana.

En uno de estos buses hay un muchacho de unos 23 años. Es un joven esbelto y delgado. Lleva una bolsa plástica en sus manos y habla con dolor: Mi madre ha muerto hace apenas unas semanas. Vivo en una pieza cuyo alquiler debo pagar todos los días y hoy ya he pagado. También he comprado estas bolsitas de desodorante y estas otras de talcos para los pies porque ya no soportaba el mal olor de mi cuerpo.
El muchacho tiene hambre, tristeza y una gran desazón con la vida. En mi afán por corresponder a su desesperación busco una moneda de 500, no obstante solo encuentro algunas de 200 y otras de 100 pesos. Me da las gracias en nombre de Dios, y yo ni siquiera puedo recordar el color de sus ojos.

En medio de una urbanidad violenta como esta, aún se puede leer en letras capitales talladas a mano sobre una placa de piedra en plena avenida de las Américas, el nombre anacrónico -precisamente por su vigencia- del Matadero Distrital y del edificio del sindicato de Destazadores. Por su parte, el buitrón gigantesco que ancla el matadero al paisaje, señala con imponencia fálica su relevancia y recuerda casi sosegadamente las encubiertas labores crematorias.

La oscuridad parece regalarle al espacio cierta atmosfera peligrosa que conmociona. Los pastos silvestres que se han apoderado de los patios interiores revelan la soledad amarga de un espacio cargado de terrible poética y dramático olvido. Las pisadas allí están suavizadas por la hierba y advertidas por el terror simbólico del entorno.

Por esto más que habitar lo inhabitable, hacer uso de este espacio ominosamente patrimonial, es habitar lo inhabitablemente habitado. Un celador de corbata y pantalón de raya parece flotar sobre los muros y vigilar desde allí a su universo fantasmagórico. Unos zapatos cuelgan desde un techo en ruinas desde el que parece estar por caer una pesada teja industrial de tecnología ochentera.

Cables por doquier parecen insinuar nuevamente a la muerte al combinarse con zonas encharcadas y peligrosas conexiones eléctricas. Un pájaro muerto enseña sus huesos sobre una pared descascarada. Ambos fósiles urbanos nos arrojan sobre una oscuridad laberíntica de la que sería muy difícil salir sin un poco de suerte.

Bailarines y músicos habitan esta atmósfera teatral que absurdamente parece definir a la belleza. Una hermosa noche bogotana, hecha de distancias, cadáveres y ganas de ganarle espacio a la muerte.

1 comentario:

Catalina dijo...

"Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo y en estas mismas casas encanecerás".

K. KAVAFIS
La ciudad.
(Fragmento)